Por Miguel Ángel García Velasco
En San Lorenzo de El Escorial, en plena sierra madrileña, se conserva uno de los patrimonios sonoros más extraordinarios para comprender la historia musical de Cuba, el Caribe y América Latina: la Colección Gladys Palmera, creada por Alejandra Fierro Eleta, conocida internacionalmente como Gladys Palmera.
Desde 2006, este archivo tiene su sede en San Lorenzo de El Escorial y se ha convertido en un espacio de preservación, investigación y divulgación de la memoria musical iberoamericana. La Fundación Gladys Palmera lo define actualmente como el mayor archivo discográfico y documental especializado en música afrolatina y caribeña.
Sus fondos reúnen cerca de 60.000 discos de vinilo y pizarra y unos 50.000 CD, además de fotografías, partituras, carteles, programas, libros, revistas, cintas, vídeos, objetos personales y una extensa memorabilia relacionada con la historia de la música.
Pero para un investigador cubano hay un aspecto que convierte este archivo en un lugar excepcional: la dimensión de su colección de música cubana y, particularmente, afrocubana.

De los primeros registros sonoros a la Cuba contemporánea
Recorrer los fondos cubanos de la Colección Gladys Palmera significa atravesar prácticamente toda la historia de la música grabada de nuestro país. Sus archivos permiten seguir la evolución de la discografía cubana desde los primeros tiempos del registro sonoro hasta las producciones contemporáneas.
La propia Fundación destaca que, como en ningún otro archivo, allí se conserva la discografía en discos de la música cubana realizada dentro y fuera de la Isla, antes y después de 1959, incluyendo las producciones realizadas por músicos cubanos establecidos en diferentes países. Esta ausencia de fronteras políticas, geográficas o temporales es precisamente uno de los elementos que otorgan al fondo cubano un valor documental excepcional.
Dentro de este recorrido histórico aparece una pieza extraordinariamente temprana asociada a “Cuba Libre”, situada en el contexto de 1898 y de la lucha independentista cubana. La existencia de obras musicales con ese título está documentada en fuentes de la época, vinculadas al imaginario de la independencia y a formas musicales como la danza.
Este punto de partida permite comprender la magnitud histórica del recorrido: más de un siglo de música cubana preservada a través de sus soportes originales.
Los antiguos discos de pizarra de 78 rpm dan paso a los formatos posteriores: sencillos, LP, vinilos de 45 y 33 rpm, cintas, discos compactos y registros correspondientes a las sucesivas transformaciones de la industria musical. No estamos, por tanto, ante una simple acumulación de discos, sino ante una verdadera arqueología de la memoria sonora cubana.

Una historia de Cuba contada a través de sus músicas
En sus estanterías puede seguirse la transformación de géneros que cambiaron definitivamente la historia musical del siglo XX: el son, el bolero, la rumba, el danzón, el mambo, el chachachá, el jazz afrocubano y las múltiples derivaciones que terminarían dialogando con la salsa y con otras expresiones musicales del Caribe y las Américas.
Las grabaciones permiten escuchar no solamente a los grandes intérpretes y orquestas, sino reconstruir épocas, estilos de interpretación, instrumentaciones, casas discográficas y transformaciones tecnológicas.
La Colección permite, por ejemplo, asistir mediante grabaciones centenarias al surgimiento y desarrollo de ritmos como el son montuno, así como recorrer históricamente el bolero, el mambo, el chachachá y otras expresiones fundamentales de la música cubana y caribeña.
Pero existe otro aspecto que para Afrokuba resulta esencial: detrás de buena parte de esa extraordinaria producción musical se encuentra la profunda matriz africana de la cultura cubana.
Los tambores, las claves, las estructuras rítmicas, los cantos responsoriales y las memorias rituales procedentes de las culturas yoruba, arará, bantú, abakuá y de las tradiciones franco-haitianas forman parte de ese inmenso laboratorio cultural que dio origen a muchas de las expresiones que hoy identificamos internacionalmente como música cubana.
Por ello, estudiar estos discos significa también estudiar los procesos de resistencia, transformación y continuidad de las culturas africanas y afrodescendientes en Cuba.

Mucho más que discos
Una de las virtudes fundamentales de Gladys Palmera es que el disco no aparece aislado de su contexto histórico.
Fotografías, partituras, revistas, carteles, anuncios publicitarios, programas, libros, documentos gráficos y objetos vinculados con los artistas permiten reconstruir el universo cultural dentro del cual cada grabación fue producida.
De esta manera podemos observar no solamente cómo sonaba Cuba, sino también cómo se representaba visualmente su música, cómo evolucionaron las portadas de los discos, cómo funcionaban las compañías discográficas, cómo se promocionaban los artistas y de qué manera la música cubana comenzó a circular internacionalmente.
La Colección se convierte así en una herramienta extraordinaria para musicólogos, historiadores, antropólogos, periodistas, cineastas, coleccionistas y nuevas generaciones de investigadores.

Alejandra Fierro: preservar una memoria continental
Detrás de este inmenso proyecto se encuentra la visión de Alejandra Fierro Eleta, Gladys Palmera, quien durante más de tres décadas ha construido un archivo que continúa enriqueciéndose mediante adquisiciones realizadas en más de cuarenta países.
Coleccionar adquiere aquí otra dimensión: localizar, recuperar, clasificar, restaurar, digitalizar, investigar y devolver a la sociedad documentos sonoros que de otro modo podrían desaparecer.
Por esa razón, Gladys Palmera debe ser entendida también como una institución de salvaguarda de la memoria.
Afrokuba ante un archivo imprescindible
Para el Proyecto Etnovisual Afrokuba, cuya razón de ser desde su fundación ha sido rescatar y devolver visibilidad a protagonistas, músicas, danzas y memorias afrodescendientes, acceder a este archivo tiene un significado muy particular.
Mi acercamiento a la Colección Gladys Palmera no ha sido únicamente el de un visitante frente a miles de discos. Ha sido el encuentro de un investigador con una parte fundamental de la memoria sonora de su propio país.
Dentro de esta relación ocupa un lugar especial la investigación sobre las históricas grabaciones de campo realizadas por Lydia Cabrera y Josefina Tarafa en 1956 y 1957, registros fundamentales para el estudio de las músicas rituales afrocubanas. Aquellas investigaciones documentaron un universo mucho más amplio que el de los tambores batá: aparecen también expresiones arará, abakuá, tambores de guerra, conjuntos de güiros y otros testimonios de enorme valor etnomusicológico.
Precisamente uno de los fundamentos de Afrokuba es localizar este tipo de tesoros, investigar su procedencia, identificar a sus protagonistas y contribuir a que estas memorias regresen también a Cuba y a instituciones como el Museo Nacional de la Música.

Una colección que continúa escribiendo su historia
Durante mi visita a San Lorenzo de El Escorial, Afrokuba tuvo además el privilegio de incorporar una pequeña pieza a esta gigantesca historia: hice entrega a la Colección Gladys Palmera del fonograma Lo mejor de Berta Armiñán, mi primera producción discográfica, junto con una copia del diploma correspondiente al Premio Especial de Investigación Cubadisco 2026.
El disco constituye un documento dedicado a preservar la tradición musical franco-haitiana del oriente cubano y, con su incorporación al archivo, esta expresión cultural entra también a formar parte de una colección concebida para conservar la pluralidad de las músicas de Cuba.
El gesto posee para mí un profundo significado simbólico: una tradición transmitida durante generaciones por comunidades descendientes de haitianos en Cuba encuentra ahora un lugar dentro de uno de los grandes archivos internacionales de la memoria musical afrolatina.
Desde aquellos testimonios sonoros vinculados a la Cuba de finales del siglo XIX hasta las producciones del siglo XXI, existe un inmenso arco histórico.
En sus extremos están el nacimiento de la grabación sonora cubana y nuestro presente.
En medio se encuentra más de un siglo de creadores, cantantes, instrumentistas, compositores, sacerdotes, portadores tradicionales, investigadores, productores y comunidades que hicieron posible una de las culturas musicales más influyentes del mundo.
La Colección Gladys Palmera, en San Lorenzo de El Escorial, no conserva simplemente discos.
Conserva voces. Conserva ritmos. Conserva imágenes. Conserva historias. Conserva una parte esencial de la memoria de Cuba.
Y para quienes trabajamos por rescatar el patrimonio musical afrodescendiente, entrar en ese archivo significa comprender que cada viejo disco recuperado puede contener algo mucho más importante que una grabación: puede contener la voz de nuestros ancestros esperando volver a ser escuchada.




